Vicente, Sabina y Cristeta son hermanos. Han nacido y viven en
Talavera (Toledo). Los tres disfrutan de su juventud Cristeta, casi
niña- y, como en tantos hogares después del fallecimiento de los
padres, hace cabeza Vicente que es el mayor.
Manda en el Imperio la tetrarquía hecha por Diocleciano con el fin de
poner término a la decadencia que se viene arrastrando a lo largo del
siglo 111 por las innumerables causas internas y por las rebeliones y
amenazas cada vez más apremiantes en las fronteras. Diocleciano,
augusto, reside en Nicomedia y ocupa la cumbre de la jerarquía; su
césar Galerio reside en Sirmio y se ocupa de Oriente; Maximiano es el
otro augusto que se establece en Milán, con su césar Constancio, en
Tréveris, gobiernan Occidente.
El presidente en España es Daciano hombre cruel, bárbaro y perverso,
que odia sin límites el nombre cristiano y que va dejando un riego de
mártires en Barcelona y en Zaragoza. Llega a Toledo y sus
colaboradores buscan en Talavera seguidores de Cristo.
Allí es conocido como tal Vicente, que se
desvive por la ayuda al prójimo y es ejemplo
de alegría, nobleza y rectitud.
Llevado a la presencia del Presidente, se
repite el esquema clásico, en parte verídico
y en parte parenético de las actas de los
mártires. Halagos por parte del poderoso
juez pagano con promesas fáciles, y, por
parte del cristiano, profesiones de fe en el
Dios que es Trinidad, en Jesucristo-Señor y
en la vida eterna prometida. Amenazas de la
autoridad que se muestra dispuesta a hacer
cumplir de modo implacable las leyes y
exposición tan larga como firme de las
disposiciones a perder todo antes de la
renuncia a la fe nutriente de su vida que
hace el cristiano. De ahí se pasa al martirio descrito con tonos en parte dramáticos y en parte triunfales, con el añadido de algún hecho sobrenatural con el que se manifiesta
la complacencia divina ante la fidelidad libre del fiel.
Bueno, pues el caso es que a Vicente lo condenan a muerte por su pertinacia en perseverar en la fe cristiana. Lo meten en la cárcel
y, en espera de que se cumpla la sentencia, es visitado por sus dos hermanas que, entre llantos y confirmándole en su decisión de
ser fiel a Jesucristo, le sugieren la posibilidad de una fuga con el fin de que, sin padres que les tutelen, siga él siendo su apoyo y
valedor. La escapada se realiza, pero los soldados romanos los encuentran en la cercana Ávila donde son los tres martirizados, en
el año 304.
El amor a Dios no supone una dejación, olvido o deserción de los nobles compromisos humanos. Vicente, aceptando los planes
divinos hasta el martirio, hizo cuanto legítimamente estuvo de su parte para sacar adelante su compromiso familiar.
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